Asfalto y polvo, los rayos de luz que se difuminan hasta perderse entre las grandes estructuras en donde todo parece una simple respuesta a los avances modernos. El viento que corre desde el sur, contrario al viento que viene del norte y que corre sobre el mar. Los vientos del mar.
La playa y el mar.
La lluvia ha cesado, el aire es suave en las tardes de verano, en una ciudad que le pesa el humo gris de la cotidianeidad, por el cielo ruedan lentamente bellas imágenes negras. Es más de lo que se necesita como marco de un momento perfecto. Renata provocaría en su corazón pequeñas y oscuras mareas para reflejar esas imágenes.
Ese indigente nunca supo aprovechar la ocasión; sigue sin rumbo, vacío y tranquilo, bajo este cielo desperdiciado.
No es que el pan que se echa a perder dentro de las alacenas, el queso suave pero agrio, ya verde en el congelador, y la incesante, abrumadora y violenta nausea de lo vivido hiciera de Emilo un hombre miserable que le causara cierta indigencia ante sus espectadores. Era vivir en la oscuridad.
Esa oscuridad que suspende todo. No hay nada que pueda, en la oscuridad, convertirse en verdadero.
-Christine…, ¿Cómo haré para reconocer yo a esa mujer, a la mía, cuando la encuentre?
Las palabras pesaban como lozas encima del buzo que pretende salir a flote, a punto de acabarse el oxígeno, palabras que esperan que afloren del túnel subterráneo en donde habían sido enterradas. Emilio insistía:
-¿Cómo haré para reconocerla cuando la encuentre?
-Pero, ¿en todos estos años no te lo has preguntado nunca?
-No. Sabía que la reconocería, eso es todo. Pero ahora tengo miedo. Tengo miedo de ser incapaz de comprender. Y ella pasará. Y yo la perderé.
-Mírame bien Emilio.
El libro maldito de Baudelaire, con diseño en portada de uno de los cuadros más famosos de Van Gogh, “Starry Nigh”, reposaba sobre el regazo de aquella mujer que quemaba con la mirada todo aquello que de manera imprudente se atravesara, en el momento de reposo y de las grandes ideas. Los ojos le sonríen sin turbación alguna.
-Un día verás a una mujer y sentirás todo esto sin siquiera tocarla.
Rondan miles de cosas en la cabeza de Emilio, mientras retira las manos del frágil cuerpo, que contrasta con la mirada de Christine, manteniéndolas abiertas, como si al cerrarlas se le escapara todo.
-¿Tu crees que estoy loco, no es así?
-No.
Emilio le ha contado toda la historia. Las cartas, la caja de caoba, la mujer que le aguarda. Todo.
No se lo había contado nunca a nadie.
No se lo había contado nunca a nadie.
Silencio. Noche. Christine. El pelo suelto. Un largo camisón blanco hasta los pies. La luz que oscila en las paredes. Y la fantástica huida de aquella figura que no representaba nada en la mente de Emilio, pero que provocaría en cualquiera un deseo infernal, como si se tratara de la seducción del mismo demonio.
-¿Por qué necesito que alguien me ayude? Se preguntaba Emilio.
-¿Por qué necesito que alguien me ayude? Se preguntaba Emilio.
Uno se construye grandes historias, ésa es la verdad, y puede seguir creyéndoselas durante años, no importa lo absurdas que sean, ni lo inverosímiles, te las llevas contigo y basta. Se es hasta feliz con cosas así. ¿Feliz? Y podría no acabar nunca. Luego, un día, sucede que se rompe algo en el corazón del gran artefacto fantástico, zas, sin razón alguna, se rompe de repente y tú te quedas ahí, sin comprender cómo es que toda aquella fabulosa historia ya no la llevas encima, sino delante, como si fuera la locura de otro y ese otro fueras tú. Zas. A veces, basta con nada. Incluso una sola pregunta que aflore. Basta con eso.
Cuando Renata se fue por una extraña razón, Emilio sabía que todas aquellas historias que contaban, que reinventaban, y que los hacía formar a uno parte del otro, había quedado en el pasado inmediato y que nuca regresarían. Como si al partir hubiera dejado de existir aquella conexión que los hacía formar parte del todo.
En el mudo existen hombres fuertes, que sin embargo suelen lloriquear e imploran por algún sitio en los corazones de otros. Ella agarró su bolso y se marcho, sin decir ni una palabra, escondiendo todo el miedo que tenía. Las mujeres hacen cosas, a veces, que lo dejan a uno de piedra. Podrías pasarte toda la vida intentándolo, pero no serías capaz de conseguir esa ligereza que ellas tienen algunas veces. Son ligeras por dentro. Por dentro.
A la mañana siguiente, cuando el sol se filtró por las persianas como queriendo dar respuestas a la oscuridad inmunda de la habitación de Emilio, Christine ya había vuelto con esa sonrisa implacable, que atemoriza hasta al más cruel de los asesinos, al mas desdichado vagabundo que ya no le teme a la muerte o el no despertar a la mañana siguiente, como si cada una de sus gesticulaciones representara cierto grado de sarcasmo, pero también cierto desprecio por la vida. Quizá por eso las respuestas de Christine ante la vida parecían tornarse muy sencillas, tal vez por eso cuando Christine respondía a los cuestionamientos de Emilio, parecía que lo hacia de forma automática, como si todo lo tuviera estudiado con antelación, como si supiera perfectamente bien las preguntas que formularía su interlocutor...
A la mañana siguiente, cuando el sol se filtró por las persianas como queriendo dar respuestas a la oscuridad inmunda de la habitación de Emilio, Christine ya había vuelto con esa sonrisa implacable, que atemoriza hasta al más cruel de los asesinos, al mas desdichado vagabundo que ya no le teme a la muerte o el no despertar a la mañana siguiente, como si cada una de sus gesticulaciones representara cierto grado de sarcasmo, pero también cierto desprecio por la vida. Quizá por eso las respuestas de Christine ante la vida parecían tornarse muy sencillas, tal vez por eso cuando Christine respondía a los cuestionamientos de Emilio, parecía que lo hacia de forma automática, como si todo lo tuviera estudiado con antelación, como si supiera perfectamente bien las preguntas que formularía su interlocutor...
Continuará